Los Guardianes de la Cultura

Señoras que cuentan cosas

Leonor de Almeida Portugal Lorena e Lencastre fue una aristócrata portuguesa nacida en el siglo XVIII, poetisa respetada y publicada, traductora e influencer literaria, pija lisboeta y una de las figuras más importantes de los movimientos ilustrados ibéricos. Bienvenidos a la magnífica vida de la Marquesa de Alorna, la súper estrella que vio morir el Antiguo Régimen y a la que todas las chicas de bien deberíamos adoptar como santa patrona de las señoras estupendas. 
 

(El pelazo es mío)

Sólo tenía 8 años cuando fue testigo de la furia del Terremoto de Lisboa de 1755. Y sobrevivió. El Marqués de Pombal, el mismo que reconstruyó Lisboa tras el sismo, mandó desmembrar, torturar y asesinar bárbaramente a toda su familia frente a la Torre de Belém. Y ella sobrevivió. Fue encerrada en un convento manuelino durante 18 años rodeada de libros y monjas, privada de amor, hombre y consuelo. Y ella sobrevivió escribiendo poemas, leyendo a Diderot y a Rosseau y viajando entre las paredes de aquella cárcel impuesta. 


(Pombal era un chungo)

Se casó con un noble alemán bastante sinvergüenza que se la llevó de gira por el centro de Europa donde pudo conocer a Goethe y a Mozart. Y vaya si sobrevivió.  De vuelta a Portugal y con la cabeza llena de futuro, creó una sociedad femenina secreta que pasaba las tardes declamando poesía y conspirando contra el pérfido Napoleón Bonaparte. Como no, acabó exiliada en Londres, arruinada y viuda. Y sobrevivió, gracias a sus mejores amigas, a ver si te vas a creer que lo de la sororidad es cosa de millenials. Y pasó sus últimos años en Lisboa, viviendo en palacios hermosos que hoy son museos, rodeada de jóvenes intelectuales a los que acogía en su salón literario y con quien compartía generosamente sus preciosas memorias, poemas y risas. Murió bien entrado el siglo XIX con casi noventa años y de esta vez, vaya por Dios, no sobrevivió. Aunque no creo que le importara mucho.

Carreteras llenas de canciones 

Hay al norte de mi Alentejo amado una carreterita encantadora de rectas infinitas que acompaña sinuosa y ágil la dehesa, toda ella fértil en alcornoques, campos verdes y toros bravos. El recuerdo de los viajes familiares por aquella carretera poco transitada en un coche sin aire acondicionado y con cuatro marchas es, quizás, uno de los tesoros más queridos de mi niñez, en los que la voz de mi madre nos entretenía repitiendo las canciones de su propia infancia. 


(Maneras de vivir) 

Escuchar aquellas músicas que con tanto orgullo mi madre nos cantaba al volante de su Renault 5 por los campos alentejanos han sido de las más genuinas lecciones de historia que he tenido la suerte de recibir. Con ellas he aprendido más sobre los efectos del verano sofocante en la piel de los hombres, del nombre de los árboles y el surco de los ríos que visitando los majestuosos palacios que tantos turistas reciben al año.

 
(Los platos de Manuel)

Y es que la etnografía, esa ciencia fría que organiza las costumbres de los pueblos en tristes hojas de excel, cuando entra en mi casa se convierte en un ser vivo que cuenta historias tan delicadas como fundamentales para nuestro ADN familiar. Como las de mi abuelo Manuel, que era tan apasionado por las finísimas lozas del siglo XVIII que se dejó una fortuna en platitos con pájaros y flores que hoy cuelgan en mi salón, o las de la alfombra de Arraiolos que me regalaron por mi boda, tejida a mano con la misma técnica de hace más de 400 años. Hay quien dice que esto es preservar la cultura popular, yo creo que es cuidar amorosamente todo lo que nos hace únicos.

La historia en un vaso de vino

Una de las características del ser humano que más me conmueve es su infinita capacidad para el goce y la pérdida de tiempo. Desde que nos levantamos del suelo en África, los sapiens llevamos miles de años riéndonos a carcajadas, bailando bajo las estrellas y disfrutando alrededor de un plato con nuestros colegas, porque no todo en esta vida ha de ser una lucha constante por la supervivencia. Qué cansino, por favor. En este camino que nos toca a cada uno pasar, la búsqueda de esa felicidad ligera y luminosa es lo que nos diferencia del resto de las especies que habitan la Tierra. Y el vino ha sido el mejor aliado para encontrarla.
 

(La última y nos vamos)

Todos los pueblos que han habitado, colonizado y conquistado este rectángulo al que hoy llamamos Portugal han amado el vino, importando sus propias cepas y desarrollando técnicas vinícolas que han hecho de la producción y exportación de vino uno de los pilares fundamentales de la economía portuguesa. Tartessos, fenicios, griegos, celtas, lusitanos, romanos, suevos, visigodos e incluso los abstemios árabes, no ha habido un pueblo en esta tierra mía que no se haya dado al gozo del bebercio, sea con la excusa de la religión, la tradición o la pura diversión.
 

(Show me the money)

Estos siglos por los que han pasado los vinos portugueses cuentan una historia de un país masacrado por guerras y epidemias, pero también de un pueblo que siempre ha comerciado y viajado por todos los mares. En aquellos barcos que salían de Lisboa cargados de especias, porcelanas, esclavos y diamantes hacia los puertos de todos los continentes, también viajaban barricas de vino esperando encontrar quien se las bebiera.
Muchas de ellas volverían a Portugal envejecidas tras el paso por el Ecuador, cansadas tras meses surcando las olas del Atlántico y llenas de un vino que, gracias esos meses de viaje y sobresaltos, se había convertido en un caldo extraordinario, el torna-viagem, mil veces más sabroso y vibrante que cuando salió de Portugal. Es lo que tiene viajar, siempre nos hace más interesantes.

Un mimo de despedida 
 
La literatura portuguesa está siendo cada vez más conocida en España, gracias a editoriales increíbles como la Umbría y la Solana que acaba de publicar a Bruno Vieira Amaral y su precioso "Las Primeras Cosas". Qué cosa más chula, de verdad.

Si andas por Barcelona y te mueres de ganas por un buen vino portugués (o un queso), no dejes de ir a la Casa Portuguesa, que lleva casi 20 años enseñando lo mejor de Portugal en tierras lejanas.
 
Reconozco que esta Carta me ha salido tontorrona y llena de saudade. No siempre es fácil escribir sobre lo que amamos estando tan lejos. Por eso me voy a despedir de ti con una de las de las canciones que más he cantado en mi vida, Menina estás à janela, interpretada por el maravilloso Antonio Zambujo.
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Obrigada por leres esta carta. Te escribo dentro de quince días.
Rita Barata Silvério
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